Durante el camino de vuelta él no cesaba de narrarle entusiasmado a la golondrina, cuán simpática y bonita era esa delfina con quien había compartido juegos en el mar. Pero ella raseaba el río pensativa y sin decir una sola palabra.A partir de aquella mañana no faltarían a la cita diaria con el agua salada, y la avecilla apenas participaría junto a ambas criaturas de su entretenimiento y, sobre un risco de la orilla, los contemplaría taciturna:
-Se les ve tan felices...-, reflexionó en una de las ocasiones, habiendo entendido que ese ya no era su delfín, que él estaba donde y con quien tenía que estar. De manera que, con un sencillo batir de alas, alzó el vuelo dirección al lago.
Aquella misma noche el delfín nadó solo río arriba y tampoco halló a su antigua compañera en el lugar habitual:



