jueves, 31 de enero de 2013

Fábula de las abejas y las avispas



Existió una vez un árbol con una colmena, en la que todas sus abejas trabajaban esforzadamente en torno a su reina y, aunque cansadas al final de cada jornada, la comunidad se sentía feliz porque disponía de lo suficiente para poder subsistir durante el frío invierno.


Una calurosa mañana del mes de junio, sin embargo, a la
consejera de la abeja soberana se le  ocurrió proponer que
si contrataban, a cambio de techo y comida, a unas cuantas avispas como guardia protectora, muchas más obreras podrían salir a recolectar polen y, en consecuencia, mucho más rico sería el reino puesto que habría miel de sobra para abastecer a las residentes de palacio.

Así fue que al día siguiente, y tras dar su aprobación la antófilo monarca, llegó un...
... enjambre de grandes y fuertes hymenópteras a quienes decidió concederles numerosos privilegios pensando siempre en beneficio del colectivo.

A medida que transcurría el tiempo, las nuevas guardianas de la realeza fueron haciéndose más y más influyentes en la colmena principalmente porque, al considerarse defendidas, las abejas se tornaron tan descuidadas que cedieron sin darse cuenta buena parte de su supremacia, hasta el punto de que las voladoras foráneas se erigieron en consejeras de la líder, recomendándole nuevas leyes para que sus súbditas prolongaran la jornada de labores a fin de obtener una mayor producción.

La clase obrera comenzó, a partir de entonces, a trabajar de sol a sol sin descanso mientras el número de intrusas se multiplicaba de modo alarmante, aunque ninguna protestaba, dado a ninguna le faltaba de nada.

No obstante, al llegar el gélido invierno se descubrió que las horas trabajadas ese mismo año no se correspondían con las cantidades acumuladas; en los almacenes no había tanta miel como imaginaban y la reina, aconsejada por las avispas, llevó a cabo la aprobación de leyes en las que se racionaba el yantar a las antófilas currelas.

Cada día se promulgaba una nueva ley que superaba en restricciones a su antecesora, provocando del tal guisa una ausencia de comida que derivaba no pocas veces en enfermedades y muertes.

De forma que un buen día, allá por el octavo mes del año, un grupo de abejas optó por investigar el
incomprensible déficit de miel que estaban sufriendo y descubrieron que ya entrada la noche, cuando la comunidad descansaba, las nuevas allegadas a la nobleza abandonaban la colmena llevándo consigo el alimento hasta un avispero cercano, donde sus familiares las esperaban impacientes y donde, como agua, corría la azucarada comida entretanto que todas se burlaban de la inegenuidad de las pobres obreras: "nuestros almacenes rebosando del dulce manjar, y ellas viéndose obligadas a realizar grandes esfuerzos para poder subsistir diariamente, jajajaja... ¡qué estúpidas son!".

Naturalmente nada de lo dicho escapó a la atención de las aladas explotadas que observaban ocultas la escena, y que volaron raudas a advertir del peligro al resto de sus inconscientes compañeras entre las se encontraba, por supuesto, la antófilo monarca.

Ella, la reina del cotarro, primero escuchó sonriente, después negó con incredulidad y, por último, agitó furibunda sus delicadas alas al comprender estaba siendo objeto de una estafa que ya le había costado la vida a una parte de su pueblo. Dialógo, gritó y amenazó con expulsar a su interesadas
consejeras de palacio, pero todo ello resultó inútil porque, como se dijo antes, desde hacía un tiempo las avispas se contaban ya en miles.

Así las cosas, y tras prolongadas reflexiones, el cada vez más reducido grupo integrado por las afectadas se alineo en favor del célebre "si no puedes con el enemigo, únete a él" y aceptaron que las malvadas hymenópteras continuaran residiendo junto a ellas de modo que, nuevas leyes y reformas mediante, pudieran vigilarlas para que no se llevaran más miel.

Pero tanta medida, tanta ley, tanta restricción se evidenció fatal en unas y en otras, y de esta manera fue cómo lenta pero inevitablemente las abejas siguieron enfermando y muriendo en mayor proporción, a tal extremo que cuando retornó la primavera con sus maravillosas flores, eran tan pocas las antófilas currelas que quedaban disponibles para iniciar la recolecta anual, que las cantidades de alimento se mostraban insufientes, incapaces de sustentar a toda la colmena y, sobre todo, al avispero.

No es de extrañar que cuando llegó el siguiente invierno la profunda escasez acabó, inevitablemente, con todas las abejas y avispas del lugar.


La Minina
Imagen (Google)

5 comentarios:

  1. Pero que le quiten lo bailao a las avispas... hay que joderse!

    ResponderEliminar
  2. Minina, Minina, Minina... ¡Bravo por esta nueva y certera fábula, tan dramática como real!

    (Eva)

    ResponderEliminar
  3. Como fábula actual tiene un fallo imperdonable: las avispas no pueden morir, sino que deben de seguir haciéndose con otros paneles de abejas y terminar conquistando todo el imperio. También tienen que darles de comer lo suficiente para que no se mueran, pues son su mano de obra, eso sí, cada día más barata. Es que antes el capitalismo era algo más humano.
    Abrazos.

    ResponderEliminar