domingo, 23 de octubre de 2011

Bon appétit

Al contrario de lo que dicen algunos, es rotundamente falso afirmar
que el cine fue, en cierta manera, lo que me condujo a la celda de esta prisión al norte de Moscú.
Vi por primera vez la película cuando tenía doce años, pero recuerdo perfectamente haber experimentado mucho antes el macabro deseo (¿nunca ha pensado en hacerlo?, ¿nunca ha sentido la morbosa curiosidad por saber qué sucede dentro de usted, después de asestar una docena de puñaladas en un hígado cualquiera?).
Mi psicopatía, continuando, es lo que me llevó a descubrir la obra y no al revés como se empeñan en hacer creer los psicólogos. Si bien es cierto que el film de Jonathan Demme contribuyó notablemente a que aquel adolescente introvertido y silencioso se reafirmara en su propósito. Pero nada más.
¡Oh pero me deja usted perplejo, querido lector!. ¡Mi desconcierto no tiene fin...
...al saber que ha sido capaz de deducir el origen de mi estancia en el penal de Krasnokamensk!. Sin embargo, dudo sea lo bastante sagaz como para anticipar otras cuestiones no menos  importantes cuales 
el Por Qué y el Cómo. De modo que le echaré una mano.
Precisamente ayer cumplí tres años de condena y veintidós de vida. Han transcurrido mil ochocientos veinticinco días desde que ese bastardo de Demme  me abriese los ojos y, aún más, el apetito. Porque un asesinato común no vale la cadena perpetua en Siberia, ¿sabe?. ¡Tres años ya entre rejas!, ¡tres!, ¡pero es que lo ponen tan fácil a uno...!
Tanto como entrar en una página dedicada a concertar citas (educación, simpatía y, sobre todo, la voluntad para enviar ocho millones de iconos de besos, rosas o "me gustas" es imprescindible). El siguiente paso, por contradictorio que pueda parecer, es todavía más sencillo. Un día determinado a una hora cualquiera en un lugar público...y después a tomar la última copa en mi casa. Siempre en mi casa ¿le parece bien, Irina?.
Llegado el momento mismo da cuchillo o pistola que una simple piedra del jardín (a este respecto debo decir que consumar el crimen con las propias manos suele resultar más excitante y satisfactorio. Ya sabe, la artesanía es la artesanía) y, sí, lo sé, aún no he desvelado el "Para qué". ¿Pero sabe una cosa? no pienso hacerlo por una razón: acaba de sonar la campana que anuncia la hora de la cena y debo marchar al comedor. Eso sí, esta noche mi cena no consistirá una salsa aguada color marrón y dos puñados de alubias pintas capaces de romper la mandíbula al campeón de los pesos pesados. No. Hoy un amigo, un buen amigo en quien se puede confiar, vino a felicitarme y no olvidó traer consigo un regalo realmente especial: un salchichón y varias croquetas precocinadas que le presté en su día, para que las guardara en su frigorífico a salvo de los  policías encargados de realizar el registro en mi casa.
Así pues, la cena de hoy me sabrá mejor que nunca gracias a mi querido amigo y, ante todo, al  sabroso hígado de la Srta. Irina. Que en paz descanse.

El Sietemesino
Imagen (Google)  

2 comentarios:

  1. Es que un buen hígado encebollado, o unos riñones al jerez, están "de muerte" y más si la persona está sana... :P

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  2. Si asestas una docena de puñaladas al hígado de cualquiera, luego se queda fatal para cocinarle.
    Ya sabes el incidente del del censo, su hígado, las habas y el Chiantí... xD
    Me has tocado muy hondo con esta entrada y lo sabes, Canijo, lo sabes... me comeré, de manera cariñosa, tus mejillas en una brocheta.

    Oy, oy, oy... ¿has denominado "bastardo" a Demme? No, ¿eh? Luego vamos a tener tú y yo unas palabritas en el MSN, que lo sepas... JUM... xD

    Buena entrada y, por cierto, es Jonathan... con una N sola, el que tiene dos es Hannibal ;) jeje

    Ta ta. Z

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