miércoles, 27 de abril de 2011

La profanación

Aquella madrugada de octubre Jose no estaba para bromas, la abstinencia involuntaria irritaba sus nervios y llevaba ya una semana sin poder conciliar el sueño. De tal modo que no le supuso esfuerzo esperar a que el dispositivo de seguridad bajara la guardia, para poder llevar a cabo el plan tan discretamente tramado la noche anterior.  Pacientemente aguardó leyendo la sección de contactos del periódico hasta que al fin su mujer emitió los primeros ronquidos tras los que, aliviado, cerró los ojos, respiró profundamente y guardó bajo su abrigo la palanca de hierro antes de cerrar tras de sí la puerta con estudiado sigilo.
Tres cuartos de hora exactos, cuarenta y cinco minutos justos fue el tiempo que transcurrió desde que saliera de...
...su casa hasta conseguir levantar la tapa de la lápida de su abuelo y volver a encontrarse, desvencijado ahora por el tiempo y las alimañas, con el cajón de pino carrasco que él mismo ayudó a arriar al hoyo. -Tanto reírme de tus rarezas y ahora me van a salvar el culo, eh, viejo-, murmuró deslizándose lentamente al fondo del foso que olía a muertos y como a vino añejo.
Precisamente el olor a ésto último lo excitó de tal manera que apenas necesitó un par de minutos para abrir el féretro. -Mmmm...igual de apetecible que cuando te metí ahí-. Se refería a la última voluntad del abuelo Saturnino, a la botella Viña Vermeta con que pidió ser enterrado. Sin pensar, sudando, tembloroso por el deseo, retiró la funda protectora de caucho que la envolvía, quitó el tapón ayudado por su navaja de cortar hachís y, acercando la nariz a la boca de la botella para aspirar con los ojos cerrados, exclamó: -¡A tu salud, abuelo!-.
No se derramó una sola gota fuera de su boca herida por la abstinencia. Tras quince años, el valioso contenido cumplía su cometido. Calmar al sediento, alegrar la vida de los vivos.

Una vez saciada la necesidad y habiendo arreglado, no sin cierta torpeza, todo cuanto había causado, regresó a casa describiendo las características eses del ebrio. Su mujer seguía roncado mientras él se desvestía para meterse en el catre. Todo seguía en orden. Todo discurría según lo previsto.
O casi. Porque varias horas más tarde unos gritos lo despertaron. Aterrada, su mujer lo miraba a los pies de la cama con cara desencajada.

-Qué te pasa, nena, estás loca o qué-, murmuró todavía somnoliento.

-¡Corre, corre y mírate al espejo!, ¡corre, por favor, Jose!-.

Entonces, torpe aún se incorporó y dirigió al cuarto de baño. Entre asustado e intrigado encendió la luz. Tuvo que frotarse varias veces los ojos para creer lo que veía. Su pelo había encanecido, las arrugas le arañaban de punta a punta el rostro treintañero y numerosas manchas oscuras salpicaban su piel. La persona que veía aparentaba por lo menos cuarenta años más de los que realmente contaba. Pero no tenía duda de quién se trataba. Esa verruga en la barbilla, esos dedos huesudos llenos de vello, las orejas puntiagudas, los labios amoratados e incluso ese "amor de madre" tatuado en el pecho le resultaban lo suficientemente familiares como para ignorar en quién se había convertido. No obstante, todavía alcanzó a experimentar cierto alivio cuando notó en su entrepierna un descomunal bulto que apuntaba al cielo.

-Bueno, al menos también he heredado el secreto del éxito del viejo Saturnino-, dijo soltando una carcajada que hizo estremecer de pánico a su mujer.

El Sietemesino
Imagen (Google) 

6 comentarios:

  1. buenísimo, sietemesino


    este toque de humor negro me ha encantado

    un saludo!!

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  2. ni alimañas ni pino carrasco ni amor de madre en el pecho sino en el brazo, mediocre historia bien comenzada y mal acabada ... más suerte la proxima vez...... vermeta.....ya!!!

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  3. ..la maldicion del abuelo. Entretenido texto..Abrazos.

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  4. Mejor que una "vinagra" de esas, pero con peores efectos secundarios. :p

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  5. jejeje,.... estoy contigo Piedra!!! aparte eres un fenomeno sietmesino! menuda imaginación! me ha gustado mucho tu relato. Un saludo y beso bien grande.

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